Gracias a mi buen amigo Fernando de Sexoguay me enteré del
tema de los contratos de convivencia. ¿Un contrato para las relaciones de
pareja? Lo cierto es que el tema no es nada nuevo. En el matrimonio católico,
por ejemplo, la pareja se comprometen a una serie de obligaciones y deberes.
Todo el mundo entiende que convivir en pareja lleva aparejado una serie de
compromisos. Como ya hemos visto, Sternberg describe en su teoría triangular al
amor en función de tres dimensiones: la pasión, la intimidad y el compromiso.
Comprendo que hay quien pueda tener alergia al compromiso,
incluso que alguien piense que eso del compromiso ya no se lleva, pero lo
cierto es que la mayoría de las relaciones conlleva algún tipo de compromiso y
una gran parte están sustentada en ese compromiso.
Sternberg señala el compromiso como la decisión de que uno
quiere a otra persona. Normalmente crece despacio al principio y se estabiliza
con el tiempo, especialmente cuando las recompensas y los costes que conllevan
la relación aparecen con nitidez. Y es con esa decisión de estar con el otro,
de ser su pareja cuando aparece un contrato con los derechos y deberes. El
problema reside en que muchos de esos contratos, como bien señala Fernando Alonso, son contratos imaginarios.
Su contenido no está escrito en ningún papel y cada una de las partes se lo
imagina a su manera. Y ahí surge el conflicto.

¿Has hablado con tu pareja sobre cuáles son vuestros
compromisos? ¿Entre vosotros? ¿Con esos compromisos ineludibles familiares? ¿En
el ocio, el tiempo libre? ¿Con otros amigos? ¿En las tareas del hogar? ¿Con los
hijos? ¿Cuáles son vuestros espacios y actividades individuales? ¿Qué esperas y qué le pides a tu pareja? ¿Qué espera y qué te pide tu pareja a ti? 
Porque puede ser que cada uno tenga un contrato firmado diferente al otro y no esperen ni le pidan a la relación lo mismo.