El otro día, una amiga, me presentó a su esposo, y eso me
dijo: “este es mi esposo”. Hace
tiempo que nadie me presentaba a su pareja así. La verdad es que se veía una
pareja feliz, pero me sorprendió la palabra elegida. Y me hizo reflexionar, y buscar
más información.
En mi búsqueda encontré el origen etimológico de la palabra
en cuestión, a través del libro “La fascinante historia de las palabras”. Cuando
un comerciante de la antigua Grecia hacía un acuerdo con algún proveedor, sellaba el contrato derramando unas gotas
de vino en el altar de alguno de sus dioses
. La palabra griega para ese
gesto era spendo ‘derramar una
bebida’, que  fue adquiriendo poco a poco
el sentido adicional de ‘hacer un
acuerdo’ o ‘firmar un contrato’
. A partir de spendo, se formó en latín el vocablo sponsus, usado para nombrar a la persona que asume algún
compromiso, de ahí la palabra “sponsor”. Y si un hombre que se compromete a
casarse con alguien es un sponsus, la
mujer que hace lo mismo es una sponsa, palabra que llegó a nuestra lengua como
esposa.
Al parecer, el nombre
de esposa que se da a las manillas con que se aprisionan las muñecas de alguien
es una metáfora posterior que data de la Edad Media
, por la cual se vinculan las ideas
de matrimonio y de falta de libertad. Por lo tanto “esposo y esposa”, en su
origen, no tiene que ver con la falta de libertad, sino con el compromiso, uno
de los componentes del amor.
Y luego están los cónyuges, palabra viejuna o que sólo
aparece en determinados gestos y normativas legales. La palabra cónyuge lleva
dentro el sustantivo yugo. Los cónyuges
son quienes están unidos a un mismo yugo
. Y eso ya no me convence tanto, de
yugo, nada de nada.

Y
luego vienen, pareja, amigo, amigo especial, marido, ese, Pepe, Isabel… porque
cada uno presenta a su… como quiere.