Conozco demasiadas personas que tiene un enemigo demasiado
peligroso: su propio perfeccionismo. A veces parece que nuestros ojos detectan
demasiado bien nuestras deficiencias o supuestas deficiencias. No es sólo que
de un bonito traje nos fijemos en la mancha o de un escrito nos fijemos en el
borrón, es que a partir de la visión de esa mancha, dejamos de ver el traje, ya
no sabemos si es bonito o feo, ni siquiera de qué color es, o lo bien que nos
sienta, sólo vemos la mancha.

Con Faldas y a lo loco…y es que  nadie es perfecto

Un día leí cómo una persona obsesionada por su calvicie, al
entrar en cualquier lugar, sólo veía personas con cabello. Esa era su carencia
y esa era su forma de ver el mundo. Esto me lo he encontrado continuamente en
mi vida personal y profesional, personas que sólo se fijan en sus kilos demás o
en los de los demás, la mujer con “poco” o “demasiado” pecho que vive
obsesionada por eso y cree que la única solución para ser feliz es la cirugía
estética. La persona que no tiene una carrera universitaria, que puede ser más
inteligente que cualquiera, pero que se siente menos por no tener esos
estudios. La obsesión por esa vez que no nos dimos cuenta, que erramos.

No se trata de dejar de ver las cosas que no nos gustan o
nuestros errores, ni tanto ni tan calvo. Se trata de no caer en aquello de que
un árbol nos impida ver el bosque. Necesitamos asumir nuestros errores y
nuestros maravillosos defectos, darles la importancia que tiene pero ni un
gramo más de la transcendencia que conllevan. Cuando algo en nuestra vida no es
como queremos no sirve de nada centrar nuestra vida en eso. Si hay solución, no
es necesario preocuparnos sino trabajar por ella. Y si no hay solución, no
sirve de nada centrarnos y preocuparnos por ello.
Y es que la perfección no existe…aunque nos lo hagan creer.