Todos hemos escuchado aquello de amarte y respetarte, de hoy en adelante, en lo prosperidad y en la
adversidad, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y la enfermedad, hasta
que la muerte nos separe
. Dejando de lado lo de la muerte, tengo que
reconocer que lo que más recordaba de la promesa de amor del sacramento del
matrimonio era la parte de la adversidad, de la pobreza y de la enfermedad.
Supongo que de joven pensaba que amar a alguien en la prosperidad, en la
riqueza y en la salud era fácil.
En nuestra sociedad nos han enseñado la importancia de
compartir el sufrimiento de las personas que queremos, de estar ahí cuando las
cosas no van bien. El amor se demuestra en muchos momentos y es verdad que
muchas veces necesitamos más cariño y más demostración de amor cuando estamos
mal. Hemos aprendido y nos han repetido mil veces que amor se comprueba en los
malos momentos y quizás hemos dejado de lado algo igualmente importante y es
que el amor crece cuando se comparten  los buenos momentos.

Sin embargo, no sé qué es peor no saber compartir lo malo o
no disfrutar de compartir lo bueno. El amor es compartir la felicidad. Ninguna
relación feliz dura si solo hay momentos malos. El amor tiene sus raíces en lo positivo, en poder disfrutar del
otro, en sentir el cariño y el amor del otro, en sonrisas y caricias. No
conviene olvidar que el verdadero amor es el amor feliz, el amor que nos hace
disfrutar, que nos llena de ilusión, de ganas de estar con la persona querida.
Y para eso no hay nada mejor que saber convivir con el otro, hacer planes con
la persona amada, pasar ratos disfrutando sin hacer nada, compartiendo los
buenos momentos, las alegrías.