La palabra alegría deriva del latín alicer o alecris, que
significa “vivo y animado”. Es una emoción de las que explotan, que
nos llena positividad. Los psicólogos dicen que es un sentimiento positivo que
surge como respuesta a conseguir alguna meta deseada o cuando experimentamos la
atenuación de un estado de malestar. Alegría es lo que sentimos cuando estamos
con la persona que amamos. Así define Nathaniel Branden el amor, una respuesta
emocional ante aquella persona que tenemos en muy alta estima, una experiencia
de alegría en presencia de la persona amada, por su proximidad, por la
interacción o la implicación con ella.
Los que me leéis habitualmente sabéis de mi empeño por
defender el amor como algo que nos hace sentirnos bien, alejado de aquellos que
hablan de amor y sufrimiento como dos caras de la misma moneda.  Amar es disfrutar del otro, desear estar con
la persona que queremos y saber alegrarse de compartir minutos, horas, días o
semanas. Amar es divertirse, gozar y saborear las emociones positivas que nos
invaden cuando estamos enamorados y podemos estar con la persona amada.
El amor feliz no impide que surjan conflictos y que haya
momentos donde no suframos tristeza o ansiedad. Pero lo que distingue a un amor
que sigue vivo de uno que ha acabado es la capacidad para seguir disfrutando
más allá de problemas puntuales. La capacidad de alegrarnos mientras amamos y
nos sentimos amados.

En unos días llegará San Valentín, el día de los enamorados,
y muchos serán los que buscarán un regalo para cumplir con la tradición. No
seré yo quien escriba en contra de regalar lo que  sea en navidad, el día de los enamorados, en
un cumpleaños o cuando sea. Criticable será si el regalo es solo para cumplir,
pero hoy solamente quiero recordar que el mejor regalo que puedes hacer
siempre, y más el día de los enamorados, es alegrarte y transmitir esa alegría
de poder compartir tu vida con la persona que amas. ¡Qué se note que amas! ¡Qué
se note tu alegría! ¡Regala alegría!