Dice San Mateo que “el hombre dejará a su padre y a su
madre, y se unirá con su mujer, y serán los dos uno solo. De manera que ya no
son dos sino uno solo”. Y supongo que de esos barros vienen estos lodos. Qué
manía con eso de ser uno solo. ¿Hay algo más bonito que ser dos personas que se
quieren y que deciden estar juntos pero sin dejar de ser cada uno lo que es?
Supongo que lo importante de lo que decía el santo
evangelista era lo que venía después: “por tanto, lo que Dios ha unido, ningún
hombre lo separe”. Y de esta forma la persona deja de ser lo más importante y
pasa a ser una parte de eso nuevo e indestructible que se ha formado, la pareja
(y después vendrá la familia).
Veamos todo esto a través del álgebra, sí del álgebra. La
Iglesia, pero por supuesto no solo la Iglesia sino la mayor parte de las ideas
y mitos románticos con las que hemos convivido y seguimos conviviendo, nos han
enseñado que 1+1=1 y que cuando hay hijos 1+1 o 1+2 o 1+3 o lo que sea siempre
es 1. Y qué pasaría si cambiásemos las reglas del juego y nos diéramos cuenta
de que 1+1=2 y que lo mejor del mundo es sumar. Que 1+2=3 y que siempre
sumamos, que siempre crecemos.

¡Me niego a ser uno solo! ¡Me niego a dejar de ser yo! El
amor es más sencillo y menos sobrenatural, es querer ser uno y feliz y querer
estar con otro uno, igual de completo e igual de feliz.